

El obispo Ramón de Barbastro, reconfortado por el cariño de los rotenses, acababa de morir en olor de santidad en el forzado exilio de Roda de Isábena, donde le habían llevado tanto la ambición desmesurada y sin límites del obispo Esteban de Huesca como la connivencia con éste del propio rey de Aragón, don Alfonso I el Batallador, quien al cabo del tiempo acabaría arrepintiéndose finalmente por ello.
Unos meses después de fallecer el obispo, sucedió que, en el mismo pueblo de Roda de Isábena, una muchacha de la localidad enfermó gravemente de calenturas. Transcurrió el tiempo lentamente sin que sintiera mejoría alguna, a pesar de los denodados esfuerzos hechos por los médicos, e incluso por algunos curanderos, por sanarla.
Lo cierto es que la madre —y con ella toda la familia— desesperaba ya de la curación de su hija resolviendo apelar por fin a los auxilios del cielo, buscando para ello la intercesión de san Ramón a quien había conocido y admirado.
Así es que la apesadumbrada madre se sentó a la cabecera de la cama de la muchacha y le hizo ver la extrema gravedad de la situación y, por lo tanto, la necesidad de confiar en el santo obispo, de modo que cariñosamente le dijo: «Acuérdome, hija mía, de la vida tan santa que hacía aquel bendito prelado san Ramón, que ha pocos días han sepultado en Roda, el cual, aunque ha muerto temporalmente, vive en la Iglesia para siempre. Yo creo y confío, hija mía, que si a él te encomendaras, y en sus merecimientos y santidad tuvieses firme esperanza, alcanzarías la salud».
De momento, la atribulada hija no dijo absolutamente nada, pero al cabo de unos instantes decidió seguir el consejo de su madre, así es que invocó con mucha devoción la intercesión del santo ante el cielo. Lo cierto es que aquello no resultó en vano, porque pronto expulsó de su cuerpo todos los humores superfluos que tenía dentro, de manera que curó las calenturas que la tenían postrada y quedó totalmente sana.
Agradecidas a san Ramón madre e hija, fueron a visitar la tumba del santo para darle las gracias por la especial merced que les había dispensado.
[López Novoa, S., Historia … de Barbastro, págs. 99-100.]
El lado derecho completa estas escenas de la Vida de la Virgen con la Huida a Egipto.