CAPÍTULO XXII.

CAPÍTULO
XXII.

De lo que hizo Pompeyo en España, y principio
de las guerras civiles entre él y Julio César.

Pompeyo Magno, después de muerto Sertorio,
apaciguó toda España y la dejó en devoción y obediencia del
senado romano; y hecho esto, se volvió a Roma; y en esta ocasión
dejó las memorias que de él quedan con nombre y título de Trofeos,
que muy largamente describe Compte en su Geografía. En
Roma triunfó por las victorias que en España y Francia había
alcanzado de los enemigos de Roma, y dejados los ejercicios en que
hasta aquella ocasión y en servicio de su patria se había ocupado,
casó con Julia, hija del gran Julio César. Era
aún recién casado, cuando le nombró el senado gobernador y
procónsul de esta provincia, que comenzaba a inquietarse, confiando
el senado que la prudencia de Pompeyo y el ser muy amado de
los naturales, serían parte para aquietar los humores que se
levantaban en daño de la república romana. Sintió mucho Pompeyo
este levantamiento, por aguarle el contento del matrimonio y haberse
de ausentar de su querida Julia, la cual, por algunas razones que da
la ley Observare, De officio Proconsulis, no quiso llevar consigo en
el gobierno, el cual le fue dado por cinco años, con gran cantidad
de dinero, provisiones, bastimentos, armas y otras cosas necesarias
para la guerra. Nombró Pompeyo tres legados, que fueron Lucio
Afranio
, Marco Petreyo y Terencio Varron, a quienes
mandó pasar en su nombre a España, quedándose él en Roma con su
querida Julia, porque sentía a par de muerte haberse de apartar de
ella, porque la amaba en extremo, aunque gozó poco de ella, porque
murió presto, con grande desconsuelo del marido. Esta muerte de
Julia dio ocasión que se fuesen descubriendo los odios y envidias
que había entre César y Pompeyo, que de secreto cundían; pero por
razón de la afinidad se disimulaban todo lo posible. Pompeyo era muy
poderoso y bien quisto (visto, querido : quisto) en
Roma, y César no lo era menos; y de aquí se originaron las guerras
civiles
, que fueron de tan pésima calidad, que del todo
destruyeron la república e imperio romano, que hasta aquel tiempo
tanto habían florecido. La ocasión y principio de esta guerra fue
envidia y ambición y codicia de mandar, todo fundado en vanagloria,
pasiones de que ambos eran muy tocados.
a Pompeyo era sospechoso
el poder de César, y a César pesaba la autoridad y
dignidad de
Pompeyo; este no quería igual, ni César superior; y como si el
imperio romano no bastara para saciar la codicia de los dos, pelearon
por él, así como si no fuera suficiente para el uno de ellos.
Pretendió César el consulado, y decían los pompeyanos no
poderlo, por estar ausente; y César no quiso presentarse en Roma,
como era costumbre, por no dejar los ejércitos que tenía a su
cargo, con que confiaba alcanzar el mando e imperio, a que llegó
pocos años después; antes bien procuró con muchas diligencias que
Pompeyo dejase los que él tenía en España; y viniera en ello, sino
por sus amigos, que se lo desaconsejaron. Era el bando de Pompeyo muy
poderoso, y no tanto el de César; y prevaleció en el senado, que se
mandara a César que dentro de ciertos días dejase su ejército, y
que no pasase el río Rubricon (Rin, Rhein ?) con él,
porque era el término y límite de su provincia, que dividía
Italia de Francia
, y si lo hiciese, quedaba declarado enemigo del
pueblo romano; pero todo esto no le atemorizó, antes bien llegó con
él a las orillas de aquel río, y consideró que de no pasarle se
seguía la destrucción y ruina de él y de su casa, de pasarle,
la de la república romana. Prefirió su útil y provecho, y diciendo
aquellas palabras tan sabidas: Eamus quo deorum ostenta, quo
inimicorum iniquitas vocat; jacta esto alea
(
se conoce más: alea
jacta est
);
vamos a donde los dioses y la iniquidad de mis enemigos me llaman,
que echada está la suerte; luego le pasó y se fue a Roma,
donde se hizo nombrar cónsul, y abriendo el erario, esparció todo
el dinero que había en él con los soldados, haciéndoles larga paga
de aquel dinero que no era suyo; y Pompeyo, confiado de los legados
que tenía en España, pasó a Macedonia, con pensamiento de
juntar allá grandes poderes para resistir a César, el cuál,
cuidando poco de otras cosas, con su acostumbrada celeridad y
presteza pasó a España, para pelear con los legados y gente de
Pompeyo, hasta vencerlos y echarlos de ella, con pensamiento que,
salidos ellos, le sería fácil apoderarse de todo el imperio y
señorío romano; porque el mayor impedimento que hallaba, era esta
gente de armas que Pompeyo tenía en España: y veníale muy bien
estar ausente Pompeyo, el cual entre otras cosas que hizo muy poco
acertadas, fue esta de pasarse a Macedonia, teniendo todas sus
fuerzas en España, y perdidas aquellas, quedaban él y todas sus
cosas en un infeliz y desdichado estado.
De esta venida de César
tuvieron noticia los capitanes de Pompeyo, por medio de Bibulio
Rufo
, que llevaba órdenes de Pompeyo de lo que habían de hacer
para resistir a César, a quien de cada día aguardaban en España.
Tenían los legados de Pompeyo dividido el gobierno de España: Lucio
Afranio gobernaba la Citerior, que es la Tarraconense; Terencio
Varron, desde Sierra Morena hasta Guadiana, y Marco Petreyo, toda la
Andalucía y Lusitania; y para mejor resistir el poder de César,
Petreyo, con toda la gente que pudo llevar, se fue a juntar con
Afranio, y hecha reseña, hallaron tener treinta mil soldados romanos
de a pie y dos mil de a caballo, y ocho mil infantes españoles y
cinco mil de a caballo, que eran todos cuarenta y cinco mil hombres.
Estos, llegados a Cataluña, se alojaron por los pueblos ilergetes,
junto a la ciudad de Lérida y a orillas del Segre, escogiendo
aquella ciudad por lugar a propósito para aquella guerra, y de donde
les pareció poder defender toda la tierra; y para impedir la entrada
de César, enviaron algunas compañías a los montes Pirineos, y se
alojaron por el collado del Portús entre el Rosellón
y el Ampurdan, y en el lugar donde está hoy el castillo de
Bellaguarda; y Lucio Afranio se metió en Castellon
de Ampurias,
confiando resistir el poder de César, cuya venida no podía tardar
mucho. En esta ocasión llegó Cayo Fabio, legado de César,
con bastante número de soldados, para desembarazar los pasos de los
Pirineos; y fue su venida de tan grande fruto, que los soldados y
gente de Pompeyo dejaron sus puestos y se retiraron a Lérida: y
Fabio no entró, sino que les fue siguiendo, sin hallar contrario
alguno, y se alojó a vista de Lérida, sobre el río Segre; y para
poderle pasar con comodidad, labró dos puentes de madera, una
junto a su real y otra no muy lejos de la ciudad de Balaguer,
para poder pasar por ellas las bestias y ganados del real, para
apacentarse por los extendidos y dilatados campos de Urgel,
porque las pasturas que eran de la otra parte, sobre Segre,
ya eran consumidas. Pasó esto en los meses de abril y mayo, tiempo
en que suele haber en aquel río grandes avenidas, porque se derriten
las nieves de los montes y sierras por donde pasa aquel río, que
notablemente le hacen salir de madre. Un día había enviado Fabio
por la una de estas dos puentes, más cercana a
Lérida, dos legiones para que guardaran los ganados que habían
de pasar después de ellos; pero no fue posible, porque una súbita
avenida, después de pasados los soldados y antes que pasaran los
ganados, se llevó la puente que había sufrido demasiado
peso, y los pedazos de ella, que iban río abajo, dieron noticia a
Afranio como la puente quedaba rompida, y supo luego por sus
espías, como la gente de Fabio quedaba atajada debajo Segre, sin
poder pasar el río. No quiso Afranio perder esta ocasión, y luego
envió sobre la gente de César cuatro legiones y todos sus caballos.
Lucio Planco que era cabo de las dos legiones, temió la caballería
y se retiró a un alto y se fortificó como mejor pudo, porque no
tuvo tiempo de pasar a la otra puente que estaba hacia Balaguer
(hombre, hay un trocito desde Lérida a Balaguer); y allá en
aquel alto sufrió el ímpetu de la gente de Pompeyo, con alguna
pérdida de la suya; y perecieran sin duda las legiones si Fabio no
enviara de presto dos de las que le habían quedado para socorrer a
Planco; y estas pasaron por la puente más cercana de la ciudad de
Balaguer, porque se persuadió que los de Afranio no dejarían
aquella ocasión en que podían hacer grande daño a los que habían
salido: y es cierto que lo hicieran, si Fabio no acudiera; y toda la
gente de César quedó muy maltratada, aunque el mismo César,
contando esto, lo disimula.